En esta primera entrada el objeto de mi odio es Robinsón Díaz. Este señor me parece buen actor, algo teatral en la pantalla chica pero buen actor. De él no tenía ningún concepto establecido a parte de que se ganaba todos los premios de actuación criollos y de que me había gustado verlo actuar en Hamlet, hasta que presencié gracias a los medios locales un triangulo amoroso en el que dos mujeres se peleaban por su amor. Desde ese día lo odié.
Ya todos se saben la historia y si no, es fácil: el tipo llevaba 16 años casado con la también actriz Adriana Arango hasta que le puso los cachos con la “artista integral” Sara Corrales quien era su compañera de set en una novela nacional. Todos nos enteramos de que la señora Arango entraba por el garaje de su casa porque no le cabían los cachos por la puerta gracias a que a Sara le dio por contarle a Julito su amorío con el hombre casado después de que los tres vivieran una escena propia de comisaría de familia.
Los detalles no importan mucho, al fin y al cabo todos hemos vivido de cerca una historia como estas: el típico hombre que parece buen marido, que tiene cara de todo menos de infiel y que termina pelando el cobre y quedándose sin el pan y sin el queso, sin la carne fresca y sin el amor de siempre.
Cuando el escándalo explotó todo el mundo criticó a la amante. Claro a Sara había que darle duro por necia, por meterse con el hombre de otra y por destruir una familia en la que el único hijo se había pillado el espectáculo completo. Todos salieron a defender a la esposa, había que solidarizarse con Adriana porque además de soportar el dolor del engaño tenía que vivir con que todo el país hablaran de sus cachos, pero, de nuevo, yo no vi a nadie cantarle la tabla al directo responsable: Robinson.
No voy a defender a Sara porque no hay con qué y tampoco voy a exponer un argumento feminista a favor de Adriana, porque para bien o para mal ella es una más de muchas. Yo hoy le quiero dar palo a Robinson por representar a la perfección a los hombres morrongos.
Démosle el beneficio de la duda: él no buscó a Sara, él no propició ninguna situación incomoda, él era buen esposo y se iba de las grabaciones directo para su casa. Asumamos que fue Sara la que lo acosó, ella lo vio un día y dijo “miooooo ese hombre es mío” y se encargó de coquetearle al mejor estilo felino hasta que el macho débil cayó.
Si todo eso pasó, tenemos a un hombre más con falta de carácter y de cojones. Ellos dirán, “pero es que ¿Cómo se va a negar un hombre a los encantos de semejante mujer?”, pues negándose señores, negándose!
Y si le quedó grande a don Robinsón decir que no, si le quedo grande reflexionar y poner en una balanza una aventura novedosa y fácil junto a una relación construida con crisis y felicidades y de la que había resultado una familia por común acuerdo, entonces por lo menos hubiera tenido la decencia de admitirlo.
Porque ya la cachoniada era descarada y dolorosa como para dejar que la amante se le saliera de las manos y que su esposa terminara envuelta en una escena de quinta, con una serie de malos entendidos que la llevaron a comprobar lo que seguramente sospechaba: su marido le había visto la cara a ella y a otra. A ella le ponía los cachos con una más joven y a la más joven le juraba amor eterno y un “la voy a dejar”.
En este caso y en los que se le parecen el directo responsable es el marido, es Robinson, por meterse donde no debía y por dejar que su aventura llegara tan lejos como para ocupar el tiempo de muchos, y en eso me incluyo. Al final la amante no dejará de serlo y el único que termina llorando, cantando rancheras, solo y odiado por todos es el marido insensato que pensó con su aparato reproductor.
Tiempo después el Don Juan Robinson salió en una revista arrepentido diciendo que se quería morir, que estaba en terapia, que, como todos, amaba a su mujer y se había dejado llevar por la amante y que se sentía rata de dos patas por haber acabado con su familia... Ahí lo odié más porque tras de morrongo arrepentido. Si no se iba a negar y si tampoco iba a tener el valor de confesar por lo menos hubiera dicho que todo el dolor causado había valido la pena porque había encontrado a su alma gemela.